¿Qué nos cuenta Jaime Baillères?

nubes.jpg

Las nubes no se detienen

por Graciela Manjarrez*

(texto escrito en el 2002)

¿Qué convierte a las imágenes por medio de la mirada de los fotógrafos en algo revelador, interesante o al menos importante? Dejemos que uno de ellos, el fotógrafo Jaime Baillères nos lo muestre.

Baillères no podría irse demasiado lejos, de los lugares sociales comunes como el de su profesión, nacionalidad y condición social, que son datos útiles para llevar formatos civiles, o aquellos que están en las preocupaciones sajonas de cuánto gana como fotógrafo, la cantidad de exposiciones que ha merecido tener o las de las precisiones técnicas de los especialistas en el zurcido “invisible” de la acumulación de status en su campo; pero en sus imágenes hay una dimensión que inquiere, que provoca la duda, por lo cual, también hay distancia.

Jaime tiene sus historias para relatar de cada foto, de su encuentro regularmente fortuito en la exterioridad de los lugares o el interior de la producción en su laboratorio. Desconoce las historias que construimos los que vemos sus imágenes, tal vez nos quedemos con alguna y nos la llevemos a nuestro archivo de la memoria.

Él habla poco de su obra, dice que no sabe si es una inseguridad o una falsa modestia escondida. Sus imágenes en revistas, periódicos, en libros especializados en fotografía y sus exposiciones en Europa y Estados Unidos son el acervo para legitimar su mirada. Eso que llaman “las buenas fotos” que legitiman en una divisa a los autores.

Sin embargo, de ello tampoco dice mucho. Las “malas fotos” aquellas que por regla no se quieren mostrar, las aportan los afortunados errores técnicos que permiten revisar el manual y el discurso propio. Baillères es uno de los pocos fotógrafos que abogan por mostrar las “mejores malas fotos”. “Una forma de medirnos, es ver nuestras malas fotos”, dice.

Las imágenes de Jaime buscan como el arqueólogo, objetos perdidos de la ciudad, transfigurados en otra cosa por la luz o el olvido de una ciudad obsesionada por la aceleración del capital. En su hallazgo, se encuentra objetos del deseo comercial abandonados a la vuelta de la esquina, esqueletos de televisiones, colchones, sofás reclinables, maniquíes, falos… o los que configuran los espacios de la arquitectura abigarrada de la modernidad colonizada, donde su mirada entrenada en la estética superpone su “visión”, a aquel momento justo del día, del reflejo de la luz, del volumen, de los cuerpos que compongan su congruencia visual. La de él, la nuestra es otra.

William Tuman, un curador norteamericano, le decía a Baillères por allá a mediados de los años noventa “… siempre que veo fotos tuyas, por alguna razón veo al Dada”. Y sí, en ocasiones hay incongruencia en sus imágenes, o pistas sin revelar todavía. Baillères como Buñuel, tiene un sello socarrón que combina un aspecto religioso con una intransigencia.

La práctica de Jaime comenzó como muchos, como aficionado. En su familia las cámaras eran objetos preciados por sus virtudes técnicas y simbólicas. Tuvo que esperar varios años para que su madre le diera la Voigtländer prometida años atrás. En su archivo tiene fotos que tomaba desde los doce años. En 1974, inició su búsqueda fotográfica con esa cámara, y desde entonces, no ha parado.

Luego vino su incursión en los medios impresos; otro espacio de ritualización social. En las oficinas del periódico los editores construyen las imágenes que los fotógrafos por encargo deberán llevar a la mesa de edición para deliberar sobre los espacios de las secciones, construyendo a su vez una parte de la memoria visual colectiva en los lectores. Pero los periodistas gráficos son autores y las cámaras no se disparan solas, a pesar de la letanía del objetivismo periodístico, y él lo sabe muy bien. Jaime se construyó a sí mismo en los sucesos periodísticos de una frontera violenta, pero al mismo tiempo bella, y fue adquiriendo capital cultural a lo largo de diez años de práctica. Y así, caminó en la ciudad por lugares poco usuales para el observador social o el historiador ordinario. Haber estudiado sociología incidió en su perspectiva visual.

Creo que se cansó del burocratismo periodístico, plano, estereotipado. Y los editores se cansaron de él, por ser obstinado, llevaba fotos a la redacción que no le pedían, sus fotos rechazadas son fotos que le acompañan como “las adoptadas de la calle”. Le llegaron a decir “es probable que esa foto nunca sea publicada”. Y se equivocaron.

Luego encontró amigos visuales, entrañables, en la academia universitaria. Su afición por la lectura desde niño conformó en él de manera más rápida un discurso más elaborado en la construcción de la noción de la imagen. Un discurso no sólo teórico, sino visual. Descubrió como profesor en la escuela de Artes Visuales que las imágenes también pueden ayudar a construir utopías, mundos deseados o condiciones para un cambio en el campo social del arte. “Una condición que pudiera ser pretenciosamente revolucionaria”, dice, y de la cual, en estos tiempos desbordados en imágenes, muchos se han olvidado.

Uno de los méritos de Baillères, es que su obra ha trascendido en países del extranjero y ahí es donde se le ha ponderado, pero curiosamente, en donde no se le conoce es en su propio país, y sobre todo en su ciudad, desde donde sigue disparando en silencio a las nubes del mes de julio desde la puerta de su taller fotográfico. “Quizás todavía no hay necesidad de ir al mito de la gran ciudad para triunfar, apenas tengo 42 años, el reconocimiento puede esperar” dice.
Levanta su cámara y dispara a las nubes, que nunca serán las mismas.

* Graciela Manjarrez, es socióloga (UACJ), historiadora (Ibero Sta. Fe) doctora en Teoría Crítica por el 17 IEC, y fotógrafa (Escuela Activa de Fotografía, Coyoacán). Está en proceso su publicación en torno a Anonymous y estética política. Cinéfila y fotofílica, conoce a Jaime Baillères desde 1987.